14. La Tonta Salvaje

(Incluye la canción “No Te Amo” de Gilberto Pluzarti)

I

La luz del nuevo día proyectó una “T” en el muro oeste, revelando cientos de jeroglíficos que revestían los muros de la habitación. La noche anterior Ix Nikté no había reparado en la exquisita definición, quizá por estar tan cansada. Seducida por la belleza del trabajo, dejó el lecho para palpar con los dedos el calado de los surcos que se extendía hasta el muro norte, donde concluía abruptamente. La bóveda inclinada revelaba otra historia con artísticos trazos: era la grandeza de un Hombre Sol cruzando el océano magistralmente exaltada por el artista. Quiso salir al atrio, pero la puerta había sido asegurada desde afuera. Advirtió que su ipil se había ensuciado con la pintura que el día anterior Ix Makak’náb le había untado en el rostro. Cuando estaba por cambiarse el ipil manchado, escuchó que la llamaban.

―¡Ix Nikté, Nikté! ―gritó Ich-Uh desde afuera, y sin esperar una respuesta ingresó a la habitación. La expresión en su bello rostro era severa. Su impecable atuendo blanco ceñido a su esbelta cintura contrastaba con el sucio ipil de Ix Nikté. Sin decir otra palabra, Cara de Luna la jaló del brazo para llevarla al mismo lugar donde habían compartido la noche anterior, donde las esperaban las demás doncellas vestidas con atuendos tan pulcros como el de Ich-Uh.

Cuando terminaban de desayunar un guiso de huevo con flor de zompancle, la vestal Ix Sáasil se aproximó a Ix Nikté:

―Para dar inicio a tu enseñanza, deberás cumplir con la exigencia del morador del octavo cielo bebiendo de su sagrado vaso, de esta manera podrás fortalecer la voluntad que nos librará de la amenaza de devastación y muerte que advierte el tercero y sexto cielo ―le ordenó la vestal Ix Sáasil abrigando una gran fe en el designio divino, dándole un bruñido mortero color carmesí que contenía un espeso preparado oliváceo.

Ix Nikté sujetó el recipiente con ambas manos y bebió su contenido dócilmente, sin saber que todos los días tendría que cumplir con esa exigencia, incluso cuando la vestal no estuviera presente, al igual que la inapelable práctica de que le cubrieran el rostro con pintura.

Las doncellas se marcharon a realizar sus respectivas tareas cotidianas dejando a la joven salvaje a cargo de Ix Huul-K’in.

Teniendo como aula el palacio y los jardines, Ix Huul-K’in pasó todo el día tratando de encauzar a la joven salvaje por el sendero del lenguaje, pero se extravió al no conseguir que un sólo sonido saliera de su boca. Rayo de Sol profesaba una gran esperanza en el designio, pero le preocupaba que la muchacha no mostrara algún talento especial o un indicio de que la estuviera entendiendo. Sin embargo ocupó el resto de la tarde en mostrarle los siclos lunares del calendario Tzolkin, y el conteo de los días en el calendario solar Haab, pues esta era la única y verdadera responsabilidad que tenía para con la joven salvaje.

El segundo día, Ich-Yax-Tun hizo cuanto pudo para que la joven salvaje navegara los meandros del lenguaje, pero encalló cuando no pudo conseguir que la aprendiz articulara un solo vocablo, por lo que Ojos de Jade optó por mostrarle el oficio que más le gustaba y mejor dominaba, que era el arte de hacer cuchillos: filos redondos y aplanados para destazar animales o curtir pieles. Puntas de mantarraya para las ceremonias religiosas, pulidas dagas de obsidiana para el arte de la guerra, así como la manera de fabricar un hacha, aunque no sabía si la joven salvaje la estaba entendiendo.

―La obsidiana es dura y frágil a la vez ―le decía Ich-Yax-Tun mientras Ix Nikté la observaba en completo silencio― tener esos dos atributos es lo que la hace peligrosa, por eso debes golpearla con firmeza y pulirla con gentileza. Sólo con fortaleza y perseverancia podrás darle forma, porque son las virtudes que modelan la dureza sin romperla.

Ojos de Jade pasaba horas detallando sus filosas creaciones, y ocupaba su tiempo libre en practicar el manejo de las armas en compañía de Ix Kawak e Ix Huul-K’in, disciplina que quizá algún día tendría que enseñarle a la joven salvaje, aunque su lento aprendizaje la hacía dudar de la veracidad del designio.

Terminados los rituales del tercer día, Ix Makak’náb se esforzó tratando de encender una llama de esperanza que avivara la fe que tenía en el designio. Pero sus expectativas se extinguieron cuando ni siquiera pudo conseguir que Ix Nikté pronunciara su nombre, por lo que decidió ocupar su tiempo llevándola a su taller que estaba al noroeste del palacio para que la acompañara mientras trabajaba en una estela que le había encargado el actual Nacóm.

―Mira cómo se revela lo que está oculto en esta piedra ―le explicaba afectuosa Nácar Marina mientras cincelaba un bajorrelieve usando una punta de jade y un pequeño mazo― para lograrlo deberás anticiparte, ver el trabajo terminado antes de empezarlo. Si quieres puedes auxiliarte de un boceto para que la vista no te engañe. Aquí por ejemplo, hay una línea delante de esta otra. ¿Sabes lo que estoy plasmando? Es la leyenda del desaparecido Nu-Balam-Chaknal (Jaguar de la Guerra) el valiente Nacóm que acabó con un centenar de Demonios Asesinos, los Kíinsah-k’aak’as-ba’al. El Nacóm se inmortalizó cuando decidió dirigirse al sur para acabar con toda la amenaza, honrando al Dios de la Guerra. Por cierto, Nu-Balam-Chaknal es el padre de nuestra hermana Ich-Yax-Tun. Aquí lo puedes ver luchando con los Kíinsah-k’aak’as-ba’al, y aquí lo podrás ver con sus cinco holkánes en la batalla de Suju’uy-lu’um (Ciudad de los Muertos) ―le decía Ix Makak’náb señalando una estela a medio terminar.

Nácar Marina le enseñaba entusiasmada todo cuanto ella hacía con su cincel, aunque su única responsabilidad era enseñarle a escribir pictogramas.

El cuarto día, la pequeña Ich-Uh reveló con una mirada gélida, su falta de paciencia para enseñarle su idioma a una persona tan tonta. Desde la llegada de la salvaje, Cara de Luna se había sentido incómoda, porque la peculiar belleza de la muchacha opacaba por mucho la suya, y esto le provocaba sentimientos conflictivos.

―No creas que me agrada estar aquí contigo, a mí me gusta enseñarle a las mujeres de mi pueblo el arte de bordar, esto lo hago en Áayinkan-Na (Casa de Lagartos y Serpientes). También me es grato cuidar a los niños y a los ancianos ―decía Cara de Luna sin mucho interés, porque su obligación era enseñarle a hilar y bordar a la tonta salvaje y no creía que la estuviera entendiendo.

Desde la madrugada del quinto día, Ix-In’el-Tzic-Ha estuvo tratando de sacar a la despreciable salvaje del profundo pozo de su ignorancia. Pero la paciencia se le agotó cuando lo único que consiguió fue un profundo silencio. Y aunque su deber era enseñarle el manejo del arco y la flecha, pues era ella quien mejor dominaba esa disciplina, optó por enseñarle a preparar algunos alimentos. Agua de Lluvia se la podía  encontrar al lado de la profeta Ix Huul-K’in; juntas practicaban las diversas disciplinas del arte de la guerra, y eran tan unidas, que vestían atuendos similares incluso cuando sus hermanas decidían vestir todas diferente:

―Hierves las guayas con la miel para que se haga el dulce, y mientras se cocina mueles el maíz ―le explicaba con fingida paciencia a su desdeñable aprendiz.

Pero la joven salvaje tan sólo la miraba.

―¿Nada entiendes verdad? ―la cuestionaba aburrida Ix-In’el-Tzic-Ha―. Me pregunto por qué estoy perdiendo el tiempo aquí contigo, si no fuera por mi amor no sé lo que haría, él es mi esperanza. Porque has de saber que tengo un amor que un día vendrá por mí. Nos iremos lejos de aquí, aunque sé que extrañaré a mi Rayito de Sol. Hasta que mi buena estrella me conceda mi primer hijo voy a regresar y visitarlas. Si es niño lo llamaré Waxaak-Ts’aay (Ocho Colmillo) como su padre, y si es niña Ix Huul-K’in, como mi Rayito de Sol ¿Tú no tienes amigas, verdad?

II

Pasaron 45 Kines, que son 45 días, durante los cuales las doncellas enseñaron con constancia y paciencia a la joven salvaje. Ix Sáasil era la única que todavía no la había instruido. Boca de Luz salía desde temprano y no regresaba hasta muy tarde, en ocasiones no regresaba. Ella era la líder y quien abrigaba la más portentosa fe en el designio. Ix Sáasil tenía la extraña consigna de enseñarle a Ix Nikté un lenguaje integrado por complicados símbolos matemáticos considerado la mayor expresión de sabiduría conocida hasta entonces que provenía de la ancestral K’in-Ich-Kuchkabal (Región del Rostro Solar). Esto lo hacía consultando un libro de hojas delgadas llamado Bahun-Chan (Pequeño Cuánto) que permanecía oculto como un invaluable tesoro en Kuh-Nuk-Na o Casa de los Ancianos. Debido a que el significado de algunos símbolos se le complicaba considerablemente, la vestal tenía que hacer frecuentes consultas pese a que sólo le estaba permitido realizarlas en el interior del templo con la estricta supervisión de uno de los hombres sabios.

III

Como cada mañana, Ich-Uh se presentó frente a la puerta de carrizo y mimbre al final de la galería vistiendo un fino atuendo de piel blanca armonizada con un xicul, que era una chaquetilla con adornos que ella misma le había bordado.

―¡Ix Nikté! ―gritó despreocupada al mismo tiempo que desanudaba las cuerdas que aseguraban la puerta.

Pero esta vez en la habitación no encontró a nadie. La tonta salvaje había desaparecido. Alarmada, Ich-Uh salió a la galería y recorrió los pasillos, exploró los pilares de la crujía, cruzó el patio de lado a lado, subió a toda prisa por el edificio oeste buscando entre vanos y macizos, pero como no encontró a la tonta salvaje por ninguna parte, la angustia empezó a reflejarse en su pálido semblante. Pensando abatida en que quizá habría huido sin remedio, permaneció recargada sobre un pilar de piedra imaginando un sinfín de posibilidades que ponían de manifiesto su verdadero sentir.

Esa mujer especial de mirada coqueta,

no quiere salir de mi mente no sabe estar quieta.

No te amo

Esa mujer tan sensual de increíble belleza,

ha envenenado mi alma con tanta tristeza.

No te amo

No… te amo, lo negare, hasta el fin, te amo.

No… te extraño, lo negare, hasta el fin, te extraño.

Cuando se disponía a correr para informarle a sus hermanas, escuchó una dulce vos que surgía por detrás del pilar de piedra donde Ich Uh se encontraba.

―No permitas que la pena prevalezca en tus facciones, porque muchas ilusiones se hundirán como en la arena.

Al escuchar aquella voz tan dulce y sensual, un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo y su semblante se tornó aún más pálido de lo que ya era. La tonta salvaje estaba vestida con un fino lienzo morado ceñido a su breve cintura mediante un lazo trenzado. Tenía el cabello peinado pero aún mojado por el evidente baño; el rostro moderadamente limpio, pues la pintura que Ix Makak’náb le untaba cada día, no se podía quitar con un simple baño.

Ich-Uh sobresaltada, condujo a la tonta salvaje de regreso a su habitación para buscar entre los recipientes con tapadera algún colorante. Destapó cada uno hasta que encontró el cha-té, pero estaba tan nerviosa que el recipiente resbaló de sus temblorosas manos haciéndose añicos sobre el piso, impregnando la habitación con un singular aroma a almizcle. Del negro colorante derramado untó sus dedos para pintar con las yemas el rostro de Ix Nikté sin que ella opusiera la menor resistencia, dejándole el rostro más batido que pintado. Con el afán de mejorar su impreciso trabajo, sujetó la vasija del Pitz’otz tan sólo para duplicar su torpeza mezclando en el piso su contenido azul con el negro derramado, teniendo que repetir su mismo proceder batiendo aún más el bello rostro. Por último, trató de quitar el lazo que ceñía la breve cintura de Ix Nikté, pero sus dedos estaban tan saturados de pintura y temblaban tanto, que le fue imposible realizar esa tarea.

―Quizá yo pueda ayudarte, hermosa Cara de Luna.

Cuando Ich-Uh volvió a escuchar la sensual voz de Ix Nikté, sencillamente dejó de intentar, dio media vuelta y tratando de ignorarla, se ocupó en buscar alguna prenda dentro del cesto guardarropa sacando el primer ipil blanco que pudo hallar, extendiéndolo para precisar sí era de la talla de la mujer. Pero cualquiera hubiera adivinado que su cabeza no estaba en lo que hacía, porque ella, siempre tan escrupulosa, estaba arruinando la prenda con la pintura en sus dedos. Al sentir el suave tacto de Ix Nikté en su hombro, la prenda que sostenía resbaló de sus manos. La pequeña Ich-Uh se agachó para recoger el ipil, pero en el suelo también estaba el lienzo morado. Sin atreverse a mirar la desnudez de la mujer, nuevamente sintió el fino tacto deslizándose por su xicul hasta la piel de su cuello, sensación que le pareció agradable, pero en vez de exteriorizar su gozo, se enojó consigo misma, se incorporó, miró a Ix Nikté con severidad, y sujetando la mano que estaba sobre su hombro, la retiró con inusitada violencia.

―¡No me toques! ―exclamó enfadada.

Ix Nikté se acercó lentamente, y cuando estuvo a un palmo del rostro de Ich Uh, le dio un tierno besó en los labios pintándolos de azul.

―Me agradaría confortarte, Claro Fulgor de Laguna ―dijo mostrándose seductora.

―Tú no, no puedes, tú no debes, tú no sabes… ―contestó Ich-Uh visiblemente afectada.

―Sé lo que quiero enseñarte, Linda Mirada Gatuna, y si quisiera dejarte, mala sería mi fortuna ―dijo revelando una gran sensualidad.

―¿Vas a dejarnos?, ¿vas a escapar? ―preguntó Ich-Uhj inocente y confundida.

―Cómo voy a abandonarte, si me plazco en admirarte, al igual que a tus hermanas, que aunque son unas tiranas, no es mi voluntad dejarlas, pues no quiero defraudarlas.

―¿Admirarme a mí? ―preguntó sonrojada tocando sus labios, como si hasta entonces hubiera comprendido el significado de aquel beso.

Ich-Uh negó con la cabeza, volvió a tocar sus labios, miró a Ix Nikté con rencor, y salió de la habitación a toda prisa.

Las doncellas que las esperaban a desayunar, al ver que Ix Nikté llegaba con el rostro batido vistiendo un fino lienzo morado arruinado con pintura, sospecharon que Ich-Uh había sufrido alguna desgracia, pues se presentó llorando un minuto después.

―Dime qué te sucede ―Ix Sáasil le preguntó con autoridad.

―Ella me habló ―contestó Ich-Uh llorando.

―¿Te habló? ¡Vaya!, ¿y qué te dijo?

―Dijo que me admiraba ―expuso con tristeza.

―¿Y esa pintura en tus labios? ―preguntó extrañada la vestal Boca de Luz.

―No sé, yo no sé, ¿cuál pintura? ―sollozó disimuladamente limpiándose los labios con el antebrazo, y al hacerlo mostró sus dedos indecentes.

 Al ver a Ich-Uh limpiándose los labios, Ix Nikté le lanzó una mirada cargada de deseo que sostuvo indiscreta.

―De manera que hablas ―renegó Boca de Luz plantándose con determinación frente a Ix Nikté― ¡Pues entonces habla!, ¿es verdad lo que le dijiste a Ich-Uh?

―Tan verdad es lo que dije, como es lo que ahora digo, es más lindo estar contigo que las perlas de tu dije, y ni el más grande tesoro o una montaña de oro, ni un altar tallado en roca se comparan con tu boca, cuya luz es tan brillante que resulta fascinante ―manifestó Ix Nikté, y conforme esto decía aproximaba sus labios a los labios de la vestal.

―¡Basta! ―dijo Ix Sáasil apartando el rostro sobresaltada, deduciendo en ese instante porqué Ich-Uh tenía los labios pintados de azul.

―El lenguaje de la gente de vocablos misteriosos, lo proyectas trascendente con destellos armoniosos ―continuó diciendo apasionada.

―¡Basta! ―dijo la vestal enérgica.

―…tu vos tan encantadora me resulta seductora, y por eso es que te admiro, al igual que a las presentes, pero el día que tú te ausentes, robarás de mí un suspiro.

―¡Basta he dicho! ―gritó la vestal cubriéndole la boca, pues sus palabras eran lisonjeras y aduladoras.

Durante el desayuno, las doncellas comentaron asombradas la extraordinaria manera de hablar de Ix Nikté.

IV

Debieron pasar tres winales, que son sesenta días, antes de que la vestal empezara a enseñarle a Ix Nikté aquello que el pueblo de los Itzáes consideraba la mayor sabiduría, que eran los signos en clave de las tierras ancestrales. No obstante la gran complejidad de muchos de los conceptos matemáticos, la aprendiz los iba dominando con insólita rapidez, a diferencia de su maestra, quien tenía que ausentarse con frecuencia para consultar el libro de hojas delgadas que estaba en el templo de los ancianos. Hasta pidió ir con el sabio Muirtan, que vivía en una pequeña ciudad de mercaderes llamada Aktut (Lugar de Tortugas y Loros), para que le ayudara a comprender algunos algoritmos, puesto que aquél hombre era uno de los Hijos del Sol.

La ausencia de Ix Sáasil provocó que Ix Nikté permaneciera desocupada. Era entonces que Ix-Makak’náb la invitaba a admirar los atardeceres en lo alto de Oxlahum-Kahan-Chak-Na (Mansión Roja de los Trece Cielos) y así tener la oportunidad de platicar con ella, porque era mucha su curiosidad por saber la procedencia de una mujer tan bella, y a la vez tan extraña.